Cuando uno es chico sueña
con hacer cosas y, en mi caso, caminaba por mi pueblo soñando que un día me
harían una entrevista, y hasta contestaba las preguntas de esa entrevista
imaginada.
Harry Potter tuvo mucha suerte,
no sólo porque lo invitaron a Hogwarts, sino porque la invitación se la entregó
un búho blanco. Así cualquiera reconoce un llamado a convertirse en lo que soñó
o en lo que no se atrevió a soñar.
Por lo general uno ni se entera
de que justo eso que llega o eso que falta, terminará desencadenando que te
conviertas en… lo que sea que te guste. Eso parecía inalcanzable: tenía unos 8
años, no estudiaba literatura, ni música, iba a una escuela pública, no
destacaba en los deportes… uf, ni por dónde ver el hilo que me llevaría a
cumplir un sueño.
Pero hoy me doy cuenta de que
todo lo que me llevaría a hacer lo que hice… ya estaba presente. Las semillas,
los hilos escondidos, las pistas secretas, ya estaban ahí, aunque no podía
reconocerlas.
Ojalá me hubiera llegado un búho
con una carta, un perrito, una rana, ¡algo! En cambio yo veía cómo se reía mi
mamá, o que a mi papá no le gustaba la música que yo escuchaba, y me decía:
“Vos tendrías que oír algo más alegre”.
O que mi mamá me pedía que la
ayude a secar los platos, o mi papá, mecánico: que me siente en un auto a pisar
el freno y soltar y pisar y soltar, mientras él lo ajustaba. ¡Cómo me
fastidiaban esas tareas!
De haber sabido que eran,
digamos, unas plumas blancas de mi búho de Hogwarts, las hubiera realizado con
entusiasmo (aunque si las hubiera hecho así… quién sabe si hubieran sido mi
búho de Hogwarts).
Trabajaba con una bicicleta que
tenía la goma tan gastada que asomaban dos globitos. Me dieron un premio por un
cuento a los doce años. A los diez una maestra no creyó que yo hubiera
escrito un cuento (¡y sí lo había hecho!). Mi mamá cocinaba unas maravillas, y
mi papá me fabricó unos zancos como no se vendían en ninguna parte.
La chica que me gustaba, a
nuestros siete años, gustaba de otro.
Corriendo me llevé por delante
una puerta de vidrio y la hice pedazos.
Pasaba con la bandera, pero también porque la compañera que debía ir, no se lo
permitía su religión.
Todo mezclado.
¿Cómo iba a reconocer ahí a mi
búho de Hogwarts?, pero eso era.
Un consejo, chicos, no les digo a
todo todo lo que les ocurra, porque si no los van a tomar por loquitos; pero a
lo más que puedan: inclínense y pregúntenle:
– ¿Sos mi búho de Hogwarts?
A un nueve en un examen,
un golpazo con la bici,
unas zapatillas nuevas,
un paseo con papá,
una salida con mamá,
una comida con los abuelos,
un amigo que se acerca,
a un amor que se aleja.
– ¿Eres mi búho de Hogwarts?
Importante: si se les acerca el
búho de Hogwarts, ¡no se lo pregunten! No sea que piense “Este es un tonto,
mejor no lo invitamos a la escuela”.
Cuiden que no los tomen por
loquitos, pero háganlo. No saben cómo cambia nuestra suerte cuando uno pregunta
así.
Alrededor de ustedes también están los hilos secretos de lo que mañana podrán ser (aunque hoy parezca medio difícil), sus propios búhos de Hogwarts.
-Luis Pescetti.